La Feria de Abril de Sevilla no es solo una celebración: para miles de sevillanos es una extensión de su vida social, su tradición familiar y, en muchos casos, su identidad colectiva.
Tener una caseta no es únicamente disponer de un espacio físico en el Real; es tener “casa” en la feria.
Por eso, sorprende —y hasta inquieta— comprobar que algo tan esencial como mantener esa caseta dependa de unos plazos administrativos que, año tras año, siguen escapándose a más personas de las que cabría esperar.
El procedimiento está perfectamente definido por el Ayuntamiento de Sevilla.
Primero, la solicitud o renovación debe tramitarse entre el 1 y el 15 de noviembre del año anterior. Después, una vez publicada la adjudicación, llega el momento crítico: el pago de las tasas entre el 15 y el 29 de enero.
Dos ventanas temporales claras, acotadas y conocidas. Y, sin embargo, cada año se repite la misma historia: casetas que se pierden por no haber presentado la solicitud a tiempo o, aún más incomprensible, por no haber abonado las tasas dentro del plazo establecido.
Aquí es donde surge una reflexión inevitable.
¿Cómo es posible que en estructuras organizativas que, en muchos casos, cuentan con presidente, vicepresidente, secretario y tesorero, no exista un sistema básico de recordatorio para cumplir con estas obligaciones?
No estamos hablando de una tarea compleja ni de un proceso técnico sofisticado. Se trata, simplemente, de no olvidar dos fechas clave al año.
Las casetas suelen estar gestionadas por grupos organizados: asociaciones, familias extensas, peñas o círculos de amigos que funcionan casi como pequeñas instituciones.
Se toman decisiones sobre cuotas, listas de socios, proveedores, decoración o catering.
Se organizan turnos, se gestionan conflictos internos y se planifican actividades con meses de antelación.
Y, sin embargo, algo tan crítico como asegurar la continuidad de la caseta depende, en demasiadas ocasiones, de la memoria individual de una sola persona.
Es fácil imaginar cómo ocurre el fallo.
El presidente da por hecho que el tesorero se encargará.
El tesorero cree que el secretario ya ha avisado.
El vicepresidente lo recuerda… pero unos días tarde.
Y así, entre suposiciones y responsabilidades difusas, el plazo pasa. Cuando llega el momento de reaccionar, ya no hay margen: la normativa es clara y no admite excepciones.
La consecuencia es drástica: la pérdida de la caseta para ese año.
Y lo más grave no es solo la pérdida administrativa, sino el impacto emocional y social que conlleva.
Una caseta no pertenece únicamente a su titular formal; pertenece a todos sus socios. Decenas —a veces cientos— de personas que ven cómo, de un año para otro, se quedan sin su punto de encuentro en la feria.
Sin ese lugar donde se repiten las rutinas, donde se transmiten tradiciones y donde se construyen recuerdos. La caseta es, en cierto modo, un espacio de pertenencia.
Resulta llamativo que en una sociedad hiperconectada, donde cualquier teléfono móvil permite programar recordatorios, alarmas, calendarios compartidos o incluso automatizaciones, no se utilicen estas herramientas para algo tan evidente.
No hace falta desarrollar una aplicación específica ni implementar sistemas complejos. Bastaría con algo tan simple como:
Un calendario compartido entre los miembros de la junta.
Tres o cuatro recordatorios escalonados antes de cada plazo.
Una asignación clara de responsabilidades (quién solicita, quién paga y quién verifica).
Incluso se podría ir un paso más allá y establecer un pequeño protocolo interno: que el secretario confirme la solicitud, que el tesorero envíe el justificante de pago y que el presidente valide que todo está correcto. Tres pasos sencillos que reducirían prácticamente a cero el riesgo de error.
La cuestión de fondo no es técnica, sino cultural. Existe cierta tendencia a confiar en que “esto siempre se ha hecho así” o en que “ya alguien se encargará”. Pero esa confianza, cuando no está respaldada por un sistema mínimo de control, se convierte en vulnerabilidad. Y en este caso, el precio de esa vulnerabilidad es demasiado alto.
Quizá ha llegado el momento de que las casetas empiecen a gestionarse con el mismo rigor organizativo que aplican a otros aspectos de su funcionamiento.
No se trata de burocratizar la feria ni de restarle espontaneidad, sino de proteger aquello que la hace posible.
Porque, al final, todo el esfuerzo que se invierte en montar una caseta —económico, logístico y humano— puede venirse abajo por un simple olvido.
Y entonces llega la pregunta incómoda: ¿merece la pena seguir asumiendo ese riesgo cuando la solución está al alcance de cualquiera?
Mientras no se interiorice esta responsabilidad como algo colectivo y estructurado, seguiremos viendo cómo cada año se pierden casetas. Y con ellas, algo más que un espacio en el Real: se pierde continuidad, tradición y, en muchos casos, una pequeña parte de la historia personal de quienes la integran.
Evitarlo es, en realidad, sorprendentemente fácil. Pero primero hay que tomárselo en serio.