Pocas cuestiones generan tanto debate en torno a la Feria de Sevilla como esta: ¿por qué la mayoría de sus casetas son privadas?
Para muchos visitantes, especialmente quienes llegan por primera vez, puede resultar sorprendente —incluso desconcertante— encontrarse con un recinto lleno de casetas en las que no siempre se puede entrar libremente.
Pero, como casi todo en la Feria, la respuesta está en su origen.
La Feria de Sevilla tiene su origen en 1847, cuando fue concebida como una feria ganadera.
Con el paso del tiempo, aquel mercado evolucionó hacia un espacio de convivencia social donde comerciantes, ganaderos y ciudadanos levantaban estructuras provisionales para reunirse, comer y cerrar tratos.
De esas primeras casetas surge el modelo actual.
No eran bares públicos. Eran espacios privados de reunión.
Y esa esencia, con matices, se ha mantenido hasta hoy.
Detrás de cada caseta hay una estructura organizativa que explica su naturaleza.
Habitualmente, una caseta está formada por un grupo de entre 20 y 100 socios, dependiendo de su tamaño, que pagan una tasa municipal, asumen el coste del enganche eléctrico, financian el montaje y desmontaje, contratan seguridad, cumplen con normativas de seguridad y medioambiente y organizan su funcionamiento interno.
Cada caseta funciona, en la práctica, como una unidad privada de gestión colectiva. Y no es, ni mucho menos, algo reservado a ricos, como a veces se piensa.
El coste se reparte entre los socios y suele fraccionarse en cuotas mensuales para evitar desembolsos elevados puntuales. Además, durante la semana de Feria, aunque se utilicen vales, cada socio asume sus propias consumiciones y, habitualmente, también las de sus invitados.
Conviene recordar, además, que la Feria no se limita a las casetas privadas.
Aunque no se tenga acceso a una, hay Feria de sobra fuera de ellas: el paseo por el Real, el ambiente, la música, el encuentro, las casetas públicas… En definitiva, una experiencia plenamente abierta donde también se vive, se comparte y se disfruta la Feria en toda su esencia.
Uno de los elementos más característicos del modelo sevillano es la figura del casetero, responsable del servicio hostelero.
Tradicionalmente, eran profesionales de bares que cerraban sus negocios durante una semana para dedicarse en exclusiva a la Feria.
Desde ÁTICA (Asociación de Titulares de Casetas de la Feria de Abril de Sevilla) se insiste en una cuestión clave: no es lo mismo casetero que titular.
El casetero presta el servicio, mientras que el titular asume la responsabilidad legal, civil y organizativa.
Este debate conecta con una realidad cada vez más visible: la llegada masiva de público, especialmente en fin de semana.
Ante la menor presencia de socios en viernes y sábado, algunos caseteros han ido flexibilizando el acceso para mantener la actividad económica.
Pero esta decisión, cuando responde más a un interés comercial que a la propia dinámica social de la caseta, supone en la práctica una transformación profunda de su naturaleza: convertirla en una caseta orientada al visitante ocasional o al turista.
En el fondo, supone avanzar hacia un modelo híbrido que, en la práctica, convierte las casetas privadas en públicas a tiempo parcial; un esquema que ya funciona de forma abierta en otras ferias andaluzas, pero que en Sevilla se interpreta como una pérdida evidente de identidad.
Quienes critican este modelo lo comparan con otras ferias andaluzas donde las casetas son mayoritariamente de acceso público.
Desde esa perspectiva, se acusa a la Feria de Sevilla de ser poco accesible o difícil de entender para el visitante.
La Feria de Sevilla no es un evento organizado de forma centralizada.
Es una construcción colectiva social, económica y cultural.
Cada caseta es una comunidad. Y todas juntas forman un sistema único.
Quizá la clave no esté en cambiar el modelo, sino en entenderlo.
Porque la Feria de Sevilla no es solo un evento. Es un sistema social complejo, construido durante más de un siglo.
Y como todo lo que tiene historia, no siempre se explica a primera vista.
Antonio Zoido, presidente de Fundación Machado y Vocal de cultura de ATICA.
Ha sido el autor del Manifiesto en Defensa de la Feria que se basa en tres pilares fundamentales: sevillanas, traje de flamenca y casetas.
Uno de los argumentos clave para recuperar el modelo tradicional con inicio en lunes ha sido la presión generada por los flujos masivos de público en fin de semana.
Con el modelo anterior, Sevilla se llenaba desde el viernes, el sábado se alcanzaban niveles cercanos al colapso y el domingo festivo prolongaba esa intensidad.
A ello se sumaba la llegada de miles de visitantes con fácil acceso desde otras localidades.
Frente a esto, el inicio en lunes reduce el turismo de fin de semana, ordena la afluencia y permite un comienzo más progresivo.
No se trata de cerrar la Feria, sino de hacerla sostenible dentro de su propio modelo.