Puede ampliarse territorialmente, alargar o recortar sus días, cambiar el lugar de su celebración, adaptarse a nuevas circunstancias o innovar con los tiempos.
Pero, su peligro de desaparecer, no podrá alterar las reglas esenciales creadas y mantenidas a lo largo de casi dos siglos.
Por eso aunque luego decayera su vocación de mercado, la Feria no murió sino que se transformó.
Naturalmente el hecho de que, ya entonces, esta “Sevilla del Sol” brillara ya hasta más allá de los Pirineos no significaba que estuviera “conquistada” por todos los habitantes de la que existía cotidianamente.
De la misma manera que la ciudad monumental era entonces “patrimonio” de unas minorías, en la de Abril sucedía algo parecido: eran sólo unos pocos los que tenían aposento en ella mientras la mayoría se las componía para hacerse notar con sus trajes y sus cantos y tratar de quedarse.
Por eso el recinto, primero en el Prado de San Sebastián y luego en Los Remedios, creció con casetas cuyos titulares, además del pequeño número de familias provenientes del hecho fundacional, fueron, sobre todo, miembros de asociaciones.
Culturales, deportivas, empresariales, profesionales, locales, provinciales, regionales o, simplemente, colectivos formados por amigos o colegas, conscientes de que, en los días del festejo, trasladaban su domicilio habitual a una de las calles del ferial para establecerse durante ese período.
Sus casas feriales, grandes o chicas, fueron siempre “particulares” en el sentido de pertenecer a sus titulares por concesión municipal que conllevaba el pago de unas tasas y la obligación de exornar bellamente el espacio.
Ello convertía a los titulares en co-organizadores del evento y a sus casetas en casas con personalidad propia.
Ese “Contrato Social” de la ciudad con los “habitantes” del Real, mantenido a lo largo de 175 años, no es pues algo accidental sino, precisamente, uno de los elementos identitarios que han hecho de estos días un acontecimiento mundial único.
El segundo elemento indiscutible de la Feria de Abril son las sevillanas.
Las seguidillas cuyas estrofas, además de los sentimientos propios de la lírica, también contienen la historia de la ciudad y de sus gentes. Sin ellas estos días primaverales perderían una de las principales columnas sobre las que se asientan.
La tercera apoyatura sine que non de la Feria es el traje de flamenca o de gitana que fue conquistando el favor tanto de las clases altas como el de las populares hasta convertirse en una prenda arquetípica andaluza de prestigio nacional e internacional que, cambiando de líneas y matices,
pone cíclicamente a Sevilla en el mundo de la economía y de la moda.
De manera similar irían desarrollándose otros rasgos singulares como el paseo de caballos y de carruajes.
Con todo lo que ello conlleva, pueden parecer estar en decadencia o “no casar” con el mundo actual pero que siguen teniendo fuerza y que, seguramente, podrían aumentarla con algunas innovaciones.
La Feria en su conjunto ha cristalizado como resultado de dos factores imprescindibles:
La participación activa y masiva de la ciudadanía y, en especial, la de los titulares de sus casetas en su realización y la ausencia de ánimo de lucro en sus protagonistas y usuarios.
El funcionamiento y la decoración de cada caseta corre a cargo de sus titulares; son miles y miles las mujeres que se confeccionan o se costean los trajes o los complementos que lucen y decenas de millares de voces las que ejecutan las incontables sevillanas que se cantan y bailan en el ferial.
Lo mismo puede decirse de la multitud de caballistas y propietarios o usuarios de carruajes de los mediodías y tardes feriales.
Esa milenaria o millonaria participación activa es:
La que hace singulares nuestros días primaverales y la que los separa de la corriente crematística actual que sólo concibe la Fiesta -cualquier fiesta- como resorte económico de una Sociedad del Consumo que sólo pide a sus usuarios pagar el precio de la asistencia a los espectáculos y gastar su dinero en cuanto allí es ofrecido.
Por el contrario, la fiesta participativa y altruista es lo que debe defender la ciudad y sentir con orgullo los sevillanos.
La Feria puede ampliarse territorialmente, alargar o recortar sus días, cambiar el lugar de su celebración, adaptarse a nuevas circunstancias o innovar con los tiempo.
Pero, su peligro de desaparecer, no podrá alterar las reglas esenciales creadas y mantenidas a lo largo de casi dos siglos y, sobre todo, apartarla del Reino de la Oferta y la Demanda.
Puede que las creaciones mitológicas, propias de divinidades, nazcan como el relámpago.
Las reales, y sobre todo las que confieren identidad, suelen ser lentas y necesitan de un cuidado extremo para salvarlas tanto de la esclerosis como de la banalización.